Por Martín Azcurra. En pocos años, un simple pibe de barrio atormentado por las injusticias sociales encarna el sueño de otras generaciones. ¿Qué dejó y qué tomó para emprender ese camino? ¿Cómo era el trabajo cotidiano detrás del piquete? Una historia de vida y militancia como otras, que nos muestra que la mecha revolucionaria sigue encendida.
1. Mientras tarareaba una canción de Gilda, Teresa escuchó los murmullos de una multitud que se acercaba por una calle lateral. Con sus tímidos 27 años, se sumó excitada a la creciente movilización que poco a poco se convirtió en pueblada en la lejana Cutral-Có. Una represión es una ráfaga. Nadie sabe de dónde viene, quién da la orden, ni cómo terminará. El tiempo ingresa en un agujero negro. Cuando la niebla de los gases empieza a oler a pólvora agria, es el momento de correr. Los pocos que logran vencer el miedo y mantener la calma aunque sea unos segundos evitan desmanes y tragedias. Así fue que vieron a Teresa agarrarse el cuello con las dos manos. Y aunque lo intentaron, no pudieron evitar que se fuera. ¿Cómo se planifica un asesinato político? El cadáver de Teresa cayó en el límite entre el miedo y la furia. Cuando su nombre empezó a flamear sobre cientos de hombres con dignidad, algún funcionario de traje y corbata se rascó la cabeza huesuda y pensó que algo había salido mal.
Recuerdo que, por esa época, los talleres industriales del conurbano bonaerense se cubrieron de polvo. Hombres duros caminaban sobre una tierra árida. Pequeños grupos barriales, todavía con la inocencia democratista de los noventa tuvieron que poner otro cajón de madera en la ronda para un vecino más sin trabajo. Y otro al día siguiente.
En ese tiempo, con unos compañeros periodistas y militantes barriales de la zona sur hicimos una agencia popular de noticias. Después de presenciar enormes asambleas de obreros en las puertas de una fábrica cerrada en Florencio Varela, nos encontramos con grupitos de desocupados de Solano, que discutían qué hacer antes: si pedir trabajo o cambiar el sistema. Uno de los primeros grupos que recuerdo se llamó Teresa Rodríguez, fue un germen (y una mecha) de organizaciones sociales de nuevo tipo que se formaron en el Gran Buenos Aires en la última década.
2. Darío estaba escribiendo “Hermética” con una birome en el pupitre cuando su mente empezó a conspirar contra la directora de la escuela. Con algunos compañeros, llegaron al Centro de Estudiantes y tenían la pretensión de cambiar las cabezas de los alumnos sumisos. Su madre, enfermera de una enorme vocación de servicio, había fallecido hacía poco. Un barrio de trabajadores humildes forjó sus códigos y su solidaridad de clase, que poco a poco fueron mutando en acción revolucionaria. El motor fue el mismo de todos, la crueldad cotidiana a la vuelta de la esquina. En su pieza de sueños infantiles, circulaban ahora libros sobre luchas latinoamericanas y voces de fantasmas. Ahora pienso que un gran error de los milicos fue no permitir la sepultura de las víctimas, porque todavía siguen dando vueltas entre nosotros, desvelándonos con un gran sentimiento de injusticia. Una noche, en una peña, Darío recibió el traspaso de mando. Con un vino de por medio, como agua bendita, el viejo militante le había depositado su herencia, con la energía reparadora que se traga en el exilio. Y justo cuando le habían empezado a causar gracia las discusiones estériles con la directora de la escuela, emergía un nuevo actor en las luchas sociales que atrajeron toda su atención.
Como fuego, otra pueblada hizo temblar el país. En medio de una protesta en la ruta nacional 34, un policía uniformado se acercó al piquete, se corrió el protector del casco y disparó en el rostro de Aníbal, un obrero padre de cinco hijos. Los pobladores de Mosconi y Tartagal no lo podían creer, ni tolerar. Tomaron la comisaría, la empresa de luz, la municipalidad y el diario local. Vacías y con las puertas abiertas, las casas evidenciaban bronca e indignación. El pueblo entero subía, pisando fuerte por el valle, hacia las rutas ensangrentadas. Los ecos de su paso indignado llegaron hasta el corazón de Buenos Aires y le dieron identidad a una nueva fuerza social de la que Darío no quiso estar al margen. La Coordinadora Aníbal Verón crecía al calor de los piquetes y las tomas de tierras.
No bastaron las comodidades que le ofrecía su padre para que se quedara en casa; Darío dejó todo por el MTD de Lanús y se sumó a la toma de seis hectáreas abandonadas del barrio La Fe, en Monte Chingolo. Pensaba instalarse junto con su hermano Leo y contribuir desde allí al fantasma de la revolución social que se acercaba presuroso desde el interior. Noche y día, aguantó tormentas, calor agobiante, chapas que se volaban a mitad de la noche, riñas por el pan y la leche, y sobre todo la espesa tensión por el desalojo inminente. Por todo lo que era Darío, fue el vocero de los pobladores, el primero en contener a la policía de “Manolo” Quindimil cada vez que los rodeaba amenazante. Desde un principio, en la toma y en las rutas, tuvo que vérselas cara a cara con las fuerzas de seguridad.
Fue así que, a la par de su conciencia, Darío fue formando su cuerpo como un guerrero. Conciencia y cuerpo se fusionaron en la lucha. Eso lo hizo un militante integral, como he visto pocos en mi recorrida por las organizaciones populares. Darío no se quedaba en los libros ni se escondía en lo social, sino que su fuerza, su acción, estaba dirigida hacia un norte que si bien no estaba claramente definido se iba dibujando a medida que avanzaba. Hubiera construido un partido o un ejército si eso favorecía la lucha. Su único prejuicio era con los charlatanes de la política, esos que sólo saben hacer pintadas y repartir periódicos, pero no saben organizar a los pibes ni a las doñas del barrio. Para Darío, un militante formado al calor de la lucha, cada avance personal significaba un avance colectivo.
Muchos pibes como él se formaron igual, al frente de los primeros piquetes, esos en los que se corría peligro de verdad, en medio de una autopista alejada de la ciudad, rodeados de cientos de policías preparados, sin cámaras de televisión, con la bruma de la mañana confundiendo los rostros. Y al día siguiente, a la mañana, de nuevo a laburar en la Bloquera. Porque la lucha es todos los días.
Darío aportó un ingrediente fundamental para la visión transformadora de los movimientos de nuevo tipo, que se diferenciaban de las prácticas clientelares de otras organizaciones de base en el rol pedagógico de la lucha. Las noches interminables en el asentamiento, leyendo al Che a la luz del fogón, no fueron en vano. Darío comprendió que la fuerza, el valor, el aguante, provenía de la conciencia, y que ésta sólo se formaba caminando sobre terreno firme. De nada sirve luchar si no sabemos contra quién. De nada sirve destruir si no sabemos qué construir. Darío estaba en todos los espacios donde esa conciencia se moldeaba: en la toma, en la bloquera, en las asambleas, en el frente. Ni diez hombres alcanzaban para reemplazarlo.
Su presencia completa en el MTD fortaleció su perspectiva de construcción, contra el piqueterismo que tenían muchos otros movimientos. “Nosotros somos un movimiento de trabajadores desocupados y hay una construcción de todos los días de la organización del trabajo y del movimiento: las distintas instancias y áreas, los grupos de prensa, las finanzas, las relaciones con otros sectores, etc. Necesitamos que esto se difunda, que se sepa que no sólo tiramos gomas en la ruta, sino que tenemos un trabajo real. Hasta ahora hemos tratado de reflejar eso más que nada, aunque a veces están más interesados en el fuego de las gomas que en la construcción real de la organización, que es lo que más cuesta todos los días”, había dicho en una entrevista de Indymedia.
Sin embargo, y esto hay que decirlo, su claridad en el terreno mismo, se mezclaba a veces con una atolondrada ansiedad, un arrojo constante que no le permitía parar la pelota para ver más allá. Darío había abarcado el espacio con sus anchos brazos, pero no había podido abarcar el tiempo, que es otra de las condiciones fundamentales para la formación de la conciencia. Joven, muy joven, daba saltos por tierras poco conocidas. La historia se repetía en él. La corta y abrupta experiencia de las organizaciones de los años ´60 y ´70 no había bastado para que los movimientos piqueteros de hoy tomen nuevos recaudos. Consolidar y golpear. Crecer y aprender. Parar. Ver. Y después seguir.
3. Darío estaba muy preocupado por la seguridad de los compañeros, no sólo en el piquete, sino en el barrio mismo, donde la policía y las patotas municipales atormentaban a todos los que habían sido vistos colaborando con el MTD. Así lo conocí por primera vez. Nos juntamos para reforzar la comunicación interna del movimiento y la prensa durante los cortes. Lo que aprendimos juntos fue que una organización aislada de la sociedad, vapuleada por los medios masivos, está regalada a los palos.
Planificamos cómo organizar un grupo de prensa, convocando a algunos chicos con ganas de ayudar y algunas doñas que no sabían bien qué aportar. Por momentos andaba todo bien, pero la mayoría de las veces teníamos que remar contra la corriente. La experiencia fue frustrante. En las zonas castigadas por el abandono, cuesta muchísimo trabajo lograr una participación constante. Más de una vez tuvimos que recorrer el barrio, atravesar terrenos baldíos, golpear puertas de cartón o aplaudir frente a una reja amenazados por perros patovicas, para buscar uno por uno a los colaboradores, que se habían quedado dormidos o simplemente se habían olvidado. De tanto en tanto hacíamos algún material de difusión, o una nota que luego publicábamos en la agencia de noticias, o recopilábamos artículos de diarios que les servían a los compañeros para analizar la situación que se venía.
Darío era un gran caminador, incluso políticamente. Su paso errante por las calles de tierra, su hombro de hierro para levantar casillas de chapa, sus intentos fallidos de tener un rancho propio, son signos de una generación que no se resigna a que le arrebaten los espacios. Mirando para atrás, creo que él, como todos los de su edad, todavía no se había encontrado, pero estaba en la búsqueda. Ladrillo por ladrillo levantaba las paredes de su casa interna.
Una vuelta estábamos en la biblioteca archivando los materiales de difusión del movimiento, con una chica que se había ofrecido a colaborar, cuando un llamado telefónico nos interrumpió abruptamente. “¡Estamos en el Nación y la poli nos quiere hacer cagar!”, se escuchó. Un grupo de desocupados estaba protestando porque hacía dos meses que no cobraban. No había tiempo de tomarse un colectivo, así que llamamos un remís, de esos que no tienen miedo de meterse en la villa. Con su mano enorme, Darío tomó un madero que yo no podría haber sostenido con mis dos manos juntas. Tan grande era que no entraba en el auto, así que lo llevó todo el camino por fuera de la ventanilla. Yo observaba la cara del remisero, que para mi sorpresa manejaba despreocupado, como acostumbrado a la escena. Cuando llegamos, Darío se puso al frente para organizar la defensa. Por suerte no pasó nada. Después del susto, cotidiano en los MTD, yo pensé que la chica no iba a volver más… Otro prejuicio estúpido.
Por su dureza, Darío se había ganado un lugar. En los bordes de la sociedad, los pibes del barrio se habían hecho legión. Ellos llevaban en sus espaldas el costo de la crisis de los 90. Acuchillados por esta realidad que ni siquiera les mostró una mísera luz al final de ningún camino. Hijos de padres deprimidos por la destrucción del empleo en la década menemista. Hijos de una democracia mal parida. Marcados y perseguidos por la bonaerense, estuvieron siempre en la mira del gatillo fácil. Sin embargo, mientras el viejo estaba en casa durmiendo o afuera haciendo una changa, ellos sostenían con su fuerza joven la construcción del movimiento, y en el piquete protegiendo a las doñas y sus inquietos hijitos. Con sus caras cubiertas, herederos de la guerrilla, descubrieron en la primera línea de combate la dignidad perdida. Gorro y bufanda, capucha zapatista, remera atada por la nuca, pañuelo palestino, ojos preparados para aguantar: protección y símbolo.
4. Diciembre aceleró las cosas. Ya en junio, la unidad de los movimientos piqueteros era un hecho. La reunión de “interprensa” de la Coordinadora Aníbal Verón, cinco días antes del corte al Puente Pueyrredón, tuvo lugar en Monte Chingolo. Llegué temprano y no había nadie en el local. Un vecino me dijo que Darío estaba en la casa de la novia, al lado de la biblioteca. Me atendió en calzoncillos con una campera de cuero negra. “¿Viste la campera que pegué?” Pusimos la pava para el mate en una garrafita improvisada. Un chiquito que moqueaba salió de la habitación y se le sentó encima, mientras conversábamos de lo que se venía. Tres días antes, el secretario de Seguridad, Juan José Álvarez, había sentenciado: “los intentos de aislar totalmente la Capital serán considerados una acción bélica”.
Mientras nosotros (las comisiones de prensa de todos los MTD, la Agencia ANRed, y los chicos de Indymedia) organizábamos la prensa durante el corte, Darío se reunía con las áreas de seguridad de los movimientos. Sabían lo que tenían que hacer: cuando las papas quemen, aguantar al frente lo más posible, con todo el arsenal (palos y gomas), para que los de atrás, viejitos y doñas con hijos primero, puedan retirarse en orden. Así fue siempre y así sobre todo tenía que ser ahora. Aunque Darío había empezado a tener algunas dudas sobre esa metodología. Un mes antes había hecho unos apuntes en su cuaderno: “De nada sirve tomar posición en 2 ó 3 filas cuando ni siquiera se sabe utilizar un palo (cuestión que ya no sirve porque los represores conocen bien nuestras capacidades y limitaciones): Políticamente, creo que es incorrecto: hacia adentro los compañeros de los piquetes se sobreestiman al verse muchos encapuchados y con palos y a veces se ceban muy mal, sea frente a los transeúntes o a la policía. Hacia fuera, aunque prácticamente no existe un rechazo hacia los piqueteros, lo que genera una formación de `encapuchados con palos´ es una especie de temor en la gente que se encuentra en las inmediaciones. Además, siempre es funcional al manejo despectivo de los medios masivos de comunicación”.
La noche previa al 26 Darío no pudo pegar un ojo. Tal es así que fue el primero en llegar al local del MTD Lanús, en el barrio La Fe. A las 9 se repasaron los motivos del reclamo y los criterios generales de seguridad y los 200 compañeros fueron saliendo, por grupos, en la línea 17, hacia la estación Avellaneda. Darío no llevaba capucha, pero sentía que su campera “nueva” era su armadura. Sólo después, cuando su mirada de soldado alcanzó a ver las maniobras del enemigo, apostado en los dos puentes y la avenida principal, con las tres fuerzas de seguridad actuando en bloque como nunca antes se había visto en democracia, pidió prestado un gorro, una bufanda y un palo. El monstruo estaba justo enfrente, con los ojos desorbitados y los colmillos sedientos.
(La nota pertenece al nº 85 de la revista Sudestada, diciembre de 2009)



















